jueves, 24 de abril de 2008

Agustìn Tosco



Nuestra posición es que debe llevarse adelante la unidad de acción, la unidad en la lucha de todos los sectores populares, democráticos y revolucionarios, y trabajar constantemente para construir una fuerza capaz de expresar verdaderamente las aspiraciones de nuestro pueblo, de una transformación a fondo de su situación económica, política, social y cultural.

Adios

Mordiendo su intuición serena,

Con el estoicismo en su rostro magro,

Se fue sin decir adiós.

Con el dolor sangrante de sus entrañas,

Con el misterio en su andar cansino,

Se fue sin decir adiós.

Arrastrando sus pasos de viento,

Con su andar de imágenes indescifrables,

Se fue sin decir adiós.

Adentrándose en mi jardín

-para siempre también el suyo-,

Se fue sin decir adiós.

Bajo una capilla de cirios estelares,

Dejando un réquiem de ladridos vagabundos,

Se fue sin decir adiós.

Osmar Suárez, de Cuatro caballos negros, 1985.

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FERNANDO

FERNANDO

(De un reportaje a Fernando Ortiz, su "descubridor")

Conocí a Fernando, en 1951 en el bar “Los Bancos”, frente a la plaza. Era un perrito blanco, chiquito, y cuando los mozos me preguntaron si molestaba y respondí que no. Permaneció al lado mío, y cuando salí me siguió hasta el hotel Colón, donde vivía. A la mañana siguiente, lo encontré bajo la cama, lo bañé y me siguió. Así nació nuestra relación.

Yo cantaba en una orquesta, en los “Los Bancos” y el perro dormía siempre atrás del piano. No se separaba nunca de mí. En una oportunidad, hubo una reunión de artistas. El perro, que por entonces tendría un año, se sentó junto a mi, en la punta de la mesa. Los músicos y mozos decidieron ponerle mi nombre, por esa identificación con mi persona.

A Fernando le gustaba mucho los picantes y el azúcar. Creo que es eso lo que aceleró su muerte. En la amistad, era como los humanos. Tenía amigos por todos lados, pero los elegía. Dormía en la entrada del hotel Colón, de allí se iba al Banco de la Nación, donde había un gerente que lo quería muchísimo. A la hora de la entrada, el perro iba directamente al despacho del gerente, y se pedía un café con leche con medialunas para Fernando. En el horario atención bancaria, dormía frente al Sorocabana. El movimiento de gente era intenso, pero nadie lo molestaba mientras tomaba un poco de sol. Después iba a comer al “Madrileño”, al lado del Sorocabana. La siesta la dormía en la casa del Dr. Reggiardo, que lo cuidó mucho. A veces optaba por el Club Progreso. Pero lo fundamental para él era la noche. Recorría “Los Bancos”, el Sorocabana, el Club Social, y si se oía música, fuera donde fuese, el perro se acercaba. A mí me parecía un ser humano vestido de perro. La música le encantaba. Si no le gustaba la actuación de un artista, se iba, y la gente lo seguía. De vez en cuando, visitábamos en su atelier a un gran pintor y amigo, René Brusseau, sobre el Cine Argentino. Fernando se hizo amigo de René y me acompañaba a verlo. Otro de sus amigos, fue el escultor Víctor Marchese autor de la escultura de Fernando. Con Juan de Dios Mena, iba al Fogón. Fernando tenía un gran sentido de la amistad.

Algunas anécdotas

Tenía afición por lo artístico. En una oportunidad en que el Coro Polifónico de Resistencia ofrecía un recital, entró a la sala por el acceso de los artistas, precisamente en el momento en que la Directora Sra. de Elizondo, marcaba el inicio de la actuación: El perro dio una vuelta por el escenario, y se acurrucó a un costado para escuchar el coro. Otra vez irrumpió en escena para lamer la cara de una actriz, Delma Ricci, en una escena en que la amenazaba un hombre- lobo. Allí acabó la función. Fue grande.

Cuando lo invitaban a una mesa y le acercaban una silla, el seguía la conversación mirando a una u otra de las personas que hablaban. Una noche hacía mucho frío y se me ocurrió darle azúcar con grappa. Al principio no le gustó mucho, pero al rato empezó a pedir más. Cuando terminó, no podía bajar de la silla, y caminaba, borracho, de costado. Una vez, en el bar Japonés, lo hirieron con un cuchillo, y le tiraron agua caliente. Se le infectó la herida, y tuvimos que llevarlo al Dr. Reggiardo, que lo intervino. Lo llevamos luego al Club Progreso, allí le acondicionaron un lugarcito para su recuperación. Estuvo bien atendido, y allí se vio cuánto lo quería la gente de Resistencia, ya que el Club tuvo que poner dos teléfonos a disposición para atender la cantidad de llamados de la gente que quería saber como seguía Fernando. Para esa solidaridad con el perro, no había horarios, y el teléfono sonaba mañana, tarde y noche.

En otra oportunidad, pese a tener chapa Nº1 de vacunación antirrábica, fue llevado por la perrera, lo metieron medio dormido en el camión. Tatalo Domínguez, boxeador chaqueño y titulo Argentino, recriminó, junto a otras personas, a los perreros que lo apresaron. Discutieron, y finalmente rescataron a Fernando junto a los restantes perros, que se metieron todos en el Sorocabana.

Yo no me preocupaba por bañarlo, y a él mucho no le gustaba. Por la mañana andaba sucio, pero por la tarde aparecía blanco. Hasta que se despejó la incógnita, una mujer que nunca dio su nombre, lo atendía y lucía bien, elegante y arrogante como un hombre de la noche. Era un bohemio blanco.

¿Qué significó su muerte?

Yo no fui al sepelio, lo choferes de los taxis de la Plaza, vinieron a buscarme, extrañados por mi ausencia. Muchas veces, esos choferes aproximaban a Fernando a los lugares en los que yo actuaba, y a los que no podía llegar o no me encontraba. Pero no pude ir al sepelio.

Fernando dejó dos hijos, físicamente son iguales a él, pero están domesticados y son distintos a lo esencial de Fernando.


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